Biografía apócrifa: Vida y Muerte

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Le Petit Journal (suplemento ilustrado de diciembre de 1912). Fuente: Bibliothèque nationale de France

Muerte nació apenas unos instantes después de Vida. Ambas se habían gestado juntas, pero se consideraban completamente distintas.

Pronto, las diferencias se transformaron en odio y se desató una guerra que ha durado milenios. Humanos y no humanos, bestias y plantas han caído víctimas de aquella lucha fratricida.

Acaso una de los primeros peones del juego entre Vida y Muerte fue Adán, pues desde su tiempo hasta el “de Moisés todos tuvieron que morir. Adán tuvo que morir porque desobedeció el mandato de Dios” e “incluso los que no cometieron el pecado que cometió Adán, tuvieron que morir” (Romanos 5, 14).

El odio llevó a Muerte a convertirse en una agente al servicio de los dioses que la utilizaban con el protervo fin de manipular a las criaturas del cosmos.

Vida, cuando la lucha parecía haber llegado demasiado lejos, buscó la manera de alcanzar un entendimiento con su hermana, pero fue imposible, su locura estaba en un punto sin retorno en el que solo la sangre la satisfacía y ya ni los dioses conseguían controlarla.

Mató no solo a los Adanes de cada parte del universo, sino a los Hércules y a los Aquiles, a los Pitágoras y a los Anaxágoras, a los genios y a los tontos de capirote.

Por otro lado, su hermana se negaba a aceptar la derrota y a cada nueva víctima respondía con un alumbramiento.

Los humanos, bestias con el peor entendimiento, se empeñaban en llamar aquello un milagro, sin embargo, con el pasar de los siglos se percataron de que en realidad el juego de la Vida era tan macabro como el de la Muerte porque lo único que aquella hacía era producir víctimas capaces de saciar a su hermana.

Los filósofos, que habían defendido con virulencia a Vida, se declararon sus enemigos, escribiendo terribles tratados a favor de la aniquilación y, pronto, el resto de hombres marcharon a los campos de batalla para morir como dignos apóstoles de la Muerte.

Hoy, con el paso de los siglos, las hermanas siguen jugando y aunque parece que las criaturas del universo se han resignado a esta partida de ajedrez, hay una duda que no deja tranquilo a nadie: ¿hasta cuándo resistirán?

Más terrible que su guerra sería que una de las dos se rindiese, pues no se puede predecir qué es peor: Vida sin Muerte o Muerte sin Vida.

LLEGARON LOS MARCIANOS

UNO

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Artículo de periódico donde se reseña el incendio de Radio Quito y El Comercio.

La noche del 12 de febrero de 1949 era helada. Por aquellos años, Quito aún era hipotérmico, lo que no impedía a una alta sociedad, que muy rara vez superaba el metro setenta, pasearse entre teatros y conventos.

Las narices, aguadas por el frío pero erectas por un tan opaco como erótico abolengo, apuntaban golosas a los neonatos anuncios publicitarios de multinacionales que empezaban a sustituir los “Zapatería Fulano” o “Sastrería Mengano”.

Ajenos a los divertimentos culturales de la gente de casi metro setenta, el zapatero Fulano y el sastre Mengano escuchaban la radio. Las noches de los sábados eran especialmente atractivas porque tríos, cuartetos, quintetos y sextetos de músicos se paseaban por las emisoras de radio para tocar pasillos y boleros.

Radio Quito era una de las predilectas. Los borrachitos se ponían a oírla, empujando cada vaso de aguardiente o chicha fermentada con las cancioncillas tristonas, que combinaban con el frío de la noche.

Mientras tanto, sus mujeres, escuchando los mismos do, re, mi, fa, planchaban el segundo y último terno (este negro y el otro, el de trabajo, café) que sus maridos ebrios vestirían en la mañana siguiente para ir a misa.

Esa noche, sin embargo, fue distinta. Al poco de que había empezado a escucharse un pasillo (también pudo ser un vals peruano), la voz neutra y casi sin emoción de cierto locutor interrumpió para decir que un evento extraño había ocurrido en las islas Galápagos. No obstante, era imposible precisarlo porque los reportes oficiales no arrojaban datos claros, se hablaba de platillos voladores y tonterías de esa laya.

Los músicos volvieron a tocar sus pasillos y boleros y los borrachitos a ahogarse con trago, mientras sus mujeres lo hacían con el humo de las planchas de carbón.

Como un puñal, la voz del locutor volvió para acuchillar la calma de aquella noche. Violador fetichista, ordenó que las mujeres se pusieran las enaguas y se quitaran los camisones.

“La situación podría agravarse”, explicó.

Y es que ahora las naves espaciales ya no solo estaban entre tortugas y lobos marinos, sino que habían aterrizado en las afueras de Quito, en Cotocollao, aniquilando el pueblito que, ahora, en pleno siglo veintiuno, es un barrio más de la ciudad.

Escuche fragmentos de “La guerra de los mundos” transmitida por Radio Quito en 1949 (guión del chileno Eduardo Alcaraz , bajo la dirección artística del gran Leonardo Páez, luego autoexiliado en Venezuela).

Zutanos y Menganos sintieron que los vapores del alcohol se disipaban y salieron de las chicherías de La Ronda para ir a sus casas. Durante el trayecto, el cielo se había cubierto de nubes y caía una llovizna tan testaruda que ni quería amainar ni convertirse en aguacero.

La mayoría llegaron a tiempo para ver a sus mujeres empacando ropas y alguna que otra reliquia que valía más en nostalgia que en dinero. Las recriminaciones de ellas iban de la mano con los berridos de los niños y de la voz del locutor, ya no neutra, y que recomendaba ponerse a salvo.

Los pilotos de las naves tenían nombre completo: M-A-R-C-I-A-N-O-S.

De alguna manera, los periodistas habían averiguado la nacionalidad de los invasores y en años en los que el enemigo más terrible de un ecuatoriano era el peruano, debió resultar una novedad refrescante que hubiera alguien mucho más poderoso y que incluso podría aniquilarlos también.

El ministro del Interior y de Defensa hablaron sobre la amenaza. Dijeron que ni las armas de última tecnología del ejército (ciertamente eran de última) eran capaces de detener a los invasores, quienes, sin mayor esfuerzo, habían aniquilado a los pobres soldaditos que fueron héroes derrotados en la guerra de 1941.

Para entonces, la gente de casi metro setenta que no fue al teatro ya había salido de su casa con colchones, cobijas, santos y joyas para descender a Guápulo o a Chillo. Los marcianos seguramente no estarían interesados en las vacas o en las cosechas, así que esos eran sitios seguros.

Muchos no salieron enseguida, deambulando como almas en pena por las calles esquizoides en busca de los familiares perdidos que, sumidos en las películas o en las obras de teatro, ni siquiera se habían enterado del fin del mundo.

Y era el Apocalipsis porque, según el locutor, en Estados Unidos, Europa y hasta en Japón se había reportado el arribo de naves espaciales, sin que hubiera ejército capaz de enfrentar a los invasores.

Tal era la desesperación que en la Radio Quito, alguien sugirió que la chanza había llegado lejos, pero era tarde: hasta un batallón del Ejército Nacional se había movilizado para enfrentar patrióticamente a los marcianos.

Las explicaciones de que se trataba de una radionovela inspirada en el libro La guerra de los mundos y etcétera, etcétera, etcétera, no sirvieron para nada.

La gente, entre incrédula e indignada, escuchaba las disculpas del guionista chileno que había causado, años antes, el mismo lío en su tierra.

Cuando el susto cedió el paso a la ira, Zutanos, Menganos y también Perencejos, que hasta entonces andaban escondidos con las putas de los tugurios cercanos a la Plaza del Teatro, a la espera de la aniquilación mundial entre perfumes de rosa y medias de seda, empezaron a agruparse para cobrar la única deuda que jamás se perdona: la burla.

Ricos y pobres, como en película de bajo presupuesto, marcharon sobre la ciudad con la consigna primero de exigir disculpas y, luego, de castigar a los clowns que se habían burlado de la muy noble y franciscana ciudad de Quito.

Nadie sabe a quién se le ocurrió la idea ni en qué momento, pero la sede de la radio, donde también funcionaba el Diario El Comercio, empezó a quemarse y la turba, en la que cultísimos encopetados y Zutanos, Menganos y Perencejos se confundían, atizaba las llamas sin distinguir entre justos y pecadores o entre talentosos y zoquetes.

Las tropas acantonadas en la ciudad, acaso avergonzadas por haber caído en la chanza, se hicieron de la vista gorda y dejaron a los artistas a su albur.

En el Teatro Sucre la función de esa noche se suspendió a tiempo para que los espectadores pudieran ver un espectáculo con hogueras.

Los rumores esparcidos por la ciudad afirmaban que el guionista, un chileno brillante, logró escapar del populacho saltando sobre tejados y paredes de conventos donde lo habían refugiado las monjas.

DOS

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Orson Welles durante “La guerra de los mundos” y la portada de The New York Times que reseña el pánico de los radioescuchas. Foto tomada de: En lengua propia.

Una década antes, el 30 de octubre de 1938, Orson Welles incendió Nueva York.

Cerca de las ocho de la noche, la transmisión musical de la CBS se interrumpió para informar que un tal profesor Farrel del Observatorio de Mount Jenings había detectado una serie de explosiones en Marte seguidas de la caída de un meteorito en Nueva Jersey. El mismo que, en realidad, resultó ser una nave del espacio.

En los minutos previos, se había informado que iba a estrenarse una radionovela inspirada en La guerra de los mundos de H.G. Wells. La adaptación había sido preparada por Orson Welles y su compañía de teatro, la Mercury Theatre, pero pocos escucharon la introducción o, si lo hicieron, no les importó.

Tras el anuncio, la transmisión normal se retomó para volver a cortarse varios minutos después con un boletín que informaba sobre el aterrizaje de naves o avistamientos de ellas en diversas partes de Nueva Jersey y Nueva York. El formato escogido tenía la apariencia de una noticia en desarrollo.

La gente estaba atemorizada, sin embargo, solo se hundió en el pánico cuando Carl Phillips, supuesto enviado especial de CBS, empezó a transmitir desde Nueva Jersey los detalles de la invasión que había arrancado en aquel lugar.

Entre otras cosas mencionó que pudo ver los verdosos y brillantes ojos de los marcianos…

Más tarde, la música de baile se interrumpió para que el “presidente Franklin Delano Roosevelt” emitiera un mensaje a la nación, explicando los esfuerzos del gobierno federal para detener la amenaza, al tiempo que llamaba a la calma y, aproximadamente a los cuarenta minutos, el propio Orson Welles, “locutor de la CBS”, fallecía en la azotea del edificio ahogado por gases venenosos.

Escuche “War of the Worlds” adaptada para la radio por Orson Welles en 1938.

Luego, se emitió un nuevo anuncio indicando que todo había sido una dramatización, parte de una serie de adaptaciones radiales de obras literarias. A nadie le interesó.

Nueva York se consumía entre llamas. Cientos de personas, desfiguradas por el miedo, trotaban por calles y avenidas y los autos se chocaban en las autopistas.

Ni el posible bombardeo de aviones japoneses a San Francisco durante la Segunda Guerra Mundial provocaría tanto miedo como las tropas de Marte aquella noche, víspera de Halloween.

La transmisión se cerró a los 59 minutos. Después de la muerte de Welles y de la segunda advertencia, se narraban, en tercera persona, los eventos que culminaron con la muerte de los marcianos y el fin de la invasión.

Para entonces, los teléfonos de estaciones de policía, bomberos, hospitales y periódicos estaban colapsados en el área de Nueva York y Nueva Jersey. Nadie conseguía información oficial debido a la cantidad de gente desesperada por averiguar si la historia era real y, si era el caso, una forma de salvar la vida.

Se reportaron supuestos envenenados por gas tóxico, personas desmayadas, accidentes de tránsito y hasta suicidios.

Al día siguiente, en pleno Halloween, la carrera de Orson Welles estuvo a punto de morir asesinada por los mismos gases tóxicos que su personaje de la noche anterior. El público pedía su cabeza porque se consideraba víctima de una burla macabra.

Él, de 23 años, se enfrentó a los periodistas y les dijo que nadie en su equipo imaginó que podían producirse aquellos efectos. La idea fue adaptar la novela de H. G. Wells, al igual que otras obras como El conde de Montecristo o Drácula, a la realidad estadounidense, al fin y al cabo, a nadie le interesaría, en aquellos años de puro realismo, una historia escenificada en la distante y neblinosa Inglaterra de la reina Victoria.

Pese a las amenazas, la carrera de Orson Welles subió como la espuma y tanto él como Howard Koch, su guionista estrella y el responsable de cambiar Hyde Park por Central Park, se convirtieron en poderosas figuras de Hollywood.

El primero, además de vestirse con el traje de l’enfant terrible de la industria del espectáculo, recibió el empuje que le faltaba para emprender un proyecto audaz llamado Citizen Kane y el otro, cuatro años más tarde, terminaría discutiendo con el director Michael Curtiz el final adecuado para Casablanca. El realismo de los Estados Unidos se puso de rodillas ante la ficción.

EL OTRO BARRERA

UNO

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A la izquierda, José Barrera, artesano. A la derecha, José Barrera, escribidor. Sobre el primero puede encontrar un video en Youtube como parte de la iniciativa #100HéroesEcuatorianos.

Soy José Barrera y la persona de la que se ocuparán las siguientes líneas, también.

Soy un escribidor y él un maestro artesano que trabaja con madera noble.

No somos parientes.

Hasta hace algunos meses, ninguno había oído hablar del otro, pero una casualidad (de esas que, según las inexactas ciencias exactas, no son tal) hizo que cierto día de febrero se me ocurriera visitar el barrio de San Marcos donde mantiene su taller.

La coincidencia es mayor: fui a ese barrio para buscar la casa donde mi padre, también José Barrera, vivió durante gran parte de su vida.

Encontré a José Barrera, el artesano, de sopetón y sin aviso previo.

Estaba caminando por la plaza de ese lugar que, en otro tiempo se conoció como la Loma Chica, mientras las incongruencias fulminaban mis ojos.

A la derecha, la casa que fue de Sebastián de Benalcázar y que, ahora, no tiene ni fantasmas solo un guardia sin garbo al que contrató el Municipio. A la izquierda, la placita con una pileta que desborda palomas. En el centro, una iglesia en cuyo frontispicio cuelga un letrero, poético y colorado, con la leyenda: “¡SAN MARCOS SIN CACA!”

Me volteé y pude ver atrincherado en un pequeño local a cierto hombre de cabello gris y bigote frondoso. Detecté incluso el cristal de sus lentes brillando herido de muerte por la luz del opaco sol de las tardes supuestamente invernales de Quito y su concentración, idéntica a la de un neurocirujano frente a una tumefacta masa encefálica.

Entré para curiosear y, naufragando entre cajitas, peines y piezas de ajedrez, todos hechos a mano, vi una tarjeta de presentación, de las que nadie usa ya, que anunciaba con letras negras a “JOSÉ BARRERA”.

Le pregunté si era ese su nombre y cuando lo hubo confirmado, le confesé cuál era el mío.

La escena no habrá igualado en dramatismo a la que protagonizaron Livingstone y Stanley en el Tanganica, pero me sentí en medio de un cuento de Borges en el que dobles del futuro enfrentan a los del pasado para recriminarse las torpezas.

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Iglesia de San Marcos con senda admonición en contra de los pecados escatológicos.

Desde entonces, varias veces lo he visitado. Su humor es de ébano. Se burla de alcaldes, políticos, viejos amigos, de mí, de él, de todo, pero esa ironía no esconde odio, solo añoranza por tiempos en los que la gente no pasaba por la vida con indiferencia.

― Antes, era un enemigo declarado de cualquier viejo que se atrevía a decir “todo tiempo pasado fue mejor”; ahora, soy uno de ellos.

Su discurso salta, como las piezas de ajedrez que fabrica, de un lugar a otro: le pregunto cómo empezó en el oficio y habla de la historia de los artesanos quiteños, digo que me gustan las cajas que diseña y me responde que le fastidia la programación de la radio los fines semana…

― En los años sesenta, las esposas de los carpinteros eran las que charolaban y el material utilizado para ello se hacía mezclando goma laca con alcohol metílico (no el que te tomas el viernes), pero esa sustancia manchaba los dedos, dándoles una tonalidad amarilla y fea.

Aquella cicatriz de guerra, lejos de avergonzarlas, era un motivo de orgullo. Las mujeres de los artesanos aseguraban que ese hecho es el que había inspirado a los europeos para inventar los pintaúñas.

― A propósito, el charol se pasaba sobre la madera con una tela de algodón y, antes, la ropa interior era de ese material. Entonces, las mujeres de los artesanos iban a pedir a los vecinos, quienes eran igual de pobres que sus maridos, los calzoncillos y las camisetas para trabajar. Ahora, yo he mejorado algo: compró la tela (es cierto que Quito sigue siendo una ciudad de gente pobre, pero ya nadie usa interiores de algodón).

Su diálogo está cargado de humor, pero, como es propio del quiteño, esconde tristeza.

En el caso de José Barrera ese sentimiento se produce porque ha visto transformarse a Quito, su Quito, en una vieja raquítica capaz de engullir a cada uno de los habitantes para satisfacer su insaciable apetito de progreso. Seguramente, al final, esa voracidad la llevará a tragarse a sí misma como una culebra que se muerde la cola.

Su decepción también es por ese joven que acude a los barrios antiguos para aniquilar su tranquilidad con ideas únicas que ya se les había ocurrido a uno, dos, tres, quince individuos parecidos a él.

― Quito es la ciudad del emprendimiento del vecino: si se te ocurre una idea, mañana aparecerá otro que querrá hacer lo mismo que vos una cuadra más abajo y luego otro y otro y otro…

Da una chupada a su cigarrillo y continúa:

― Es una ciudad anárquica, sin identidad, de fácil conquista: nuestros viejos eran idénticos unos de otros, unos Gardeles impecables que bailaban tango, más argentinos que el asado…

El celular de su compañera, Alejita, suena y nos hace saltar a los tres. Ambos tenían un almuerzo pactado, pero mi impertinencia les arruinó el plan.

De todas maneras, José Barrera es un Atila imperturbable. Fuma y habla como si fuese un lunes y no uno de esos domingos en los que ni Dios quiere trabajar:

― En mi generación, la llegada de los chilenos por la caída de Allende, transformó la ciudad: todos empezamos a uniformarnos “a la chilena”; cierto es que creció también la industria porque hasta entonces era casi nula en Quito, ciudad que lo único que producía era fieros burócratas, pero nos disfrazamos de chilenos y hasta los salesianos nos cambiaron el uniforme del colegio para estar a la moda del sur.

Cuando alguien entra en su taller y le dice “¡qué lindo esto!”, los mira con suspicacia porque sabe que a esa frase la seguirá el “ya regreso, voy a sacar dinero del banco”, equivalente a un “adiós para siempre”.

― Tendría que operarme de las rodillas si los esperase parado…

Sin embargo, hay una luz que lo ilumina cuando empuña el cincel para trabajar la madera.

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Peine fabricado por José Barrera, artesano, que José Barrera, escribidor, nunca usará por su prematura alopecia.

― Esto, para mí, es un oficio de vida, pero, claro, se convirtió en aquello porque, al asumirlo, ya no tenía compromisos financieros fuertes como el estudio de mis hijos o sostener económicamente la casa. Al fin y al cabo, el artesano siempre es pobre, mal visto, la última rueda del coche.

De pronto, recuerda a Eugenio Espejo, quien definió al quiteño como un individuo “nacido en la oscuridad, educado en la desdicha y destinado a vivir en la pobreza”.

Siento que habla de sí mismo o de sus compañeros de armas…

― Quito es una ciudad de artesanos, pero nadie se acuerda de que sus manos fueron las que la construyeron. En una conferencia que tuve la oportunidad de dar, les dije que debían estar conscientes de todo lo que les deben, algo que es muy difícil considerando que siempre han visto los nombres de alcaldes, ingenieros, arquitectos y demás personalidades en las placas conmemorativas, jamás el suyo y el de otros hombres que hicieron posible aquello.

José Barrera es un personaje del Romanticismo. Pintaba para médico, pero un día se dio cuenta que empuñar escalpelos no era lo suyo y los cambió por las herramientas del ebanista.

La madera lo llamaba.

La especialidad que escogió en sus años de estudiante de medicina fue la ginecoobstetricia y, pronto, fue a trabajar como ayudante de su maestro el doctor, Alfredo Jijón, en la Maternidad Isidro Ayora.

Él era el médico de las monjas de claustro y el único autorizado para visitarlas. Mientras lo esperaba, el futuro artesano se ponía a curiosear entre las reliquias guardadas en los conventos y museos. Esas piezas de madera habían sido trabajadas por las manos, casi siempre anónimas, de la gente de la Escuela Quiteña. El enamoramiento por su futuro oficio había empezado.

― Pero antes, hace sesenta años más o menos, por casualidad, fui a vivir en Cayambe, donde nació mi padre. En nuestro barrio, y probablemente en todo el pueblo, había un solo carpintero que se llamaba Elías Páez, el famoso “Elías Paiz”, quien vivía cerca de la casa. Yo solía jugar con los maderas y virutas que encontraba en su taller y, una vez, por pedido de mi abuela, él nos hizo un carro gigante, todo de madera. Probablemente aquello despertó mi interés por el oficio, pues me di cuenta de que la madera es un material tan noble que puedes crear cualquier cosa con ella.

La taracea, especialidad de José Barrera, es un arte en peligro de extinción. Conozca más sobre ella en este video de la Agencia EFE.

Ahora, el reconocimiento a su trabajo ha llegado. Las cajas de madera noble que crea viajan por lugares del mundo que no hubiera imaginado en otro tiempo.

Cierta mañana, varios años atrás, el alcalde apareció y quiso refundirlo en un cuartito en la calle de La Ronda junto con otros maestros de diversos oficios.

Le dijo que no. A él le interesa trabajar en paz y no ser un espectáculo.

― Hasta para ver a las fieras en los circos se tiene que pagar entrada – sonríe.

Su conocimiento sobre la ciudad también es uno de sus sellos. Cuando habla de Quito y de sus rincones desconocidos, embelesa.

― Pero a los extranjeros – aclara – no a los locales, porque la gente de aquí no conoce Quito y es imposible amar lo desconocido.

Le hago notar que Goethe escribió algo muy parecido y responde con un guiño de ojo:

― ¡Seguramente tu alemán me copió!

Apenas hubo terminado el colegio, José Barrera se fue a Colombia con un par de amigos. La Universidad Central había sido clausurada por Velasco Ibarra y no quedaba más que ir al vecino del norte para hablar del vecino del sur.

Sin embargo, allí, no supo qué decir.

Viajando entre Bogotá y Cartagena, se percató de que había caminado, durante años, por las calles de su ciudad sin conocerla, mientras que en Colombia los niños hablaban de las piedras y las paredes con una familiaridad increíble.

A su regreso, se propuso conocer Quito a fondo, visitando los rincones más bellos y los más terribles.

Fue a las chicherías de La Ronda donde los borrachos se bebían la vida en vasos llenos de naranjilla y canela fermentadas y que, según los rumores, solían adobar usando huesos humanos y magia negra.

En medio de esas correrías, cayó en San Marcos, el sitio adonde trasladó su taller.

Quince años atrás, había participado en la formación de un grupo de mujeres para convertirlas en microempresarias y dueñas de un restaurante (“salón” o “fonda”) de comida quiteña.

Él, para apoyarlas, iba a almorzar en el sitio y también a leer en la plaza. Entonces, encontró la ubicación perfecta para su taller.

― Me di cuenta de que San Marcos es el único barrio por el que no se pasa, hay que entrar, o sea, ir con la intención específica de visitarlo. Antes, al norte y al sur había quebradas, de modo que el barrio era una isla y, a pesar del paso del tiempo, sigue siendo así, lo que lo ha convertido en un sitio independiente del resto del centro histórico, uno en el que se mantiene la vecindad que ya no hay en otros lugares (con los inconvenientes y beneficios de aquello).

Cuando se le pregunta sobre las generaciones contemporáneas y su falta de identificación con Quito, sonríe.

― El quiteño siempre ha tenido un comportamiento barroco, pero, claro, vive entre montañas y quebradas, está encerrado en una suerte de fortaleza natural (alguna vez parece que la gente pensó en amurallar la ciudad, desistiendo al darse cuenta del sinsentido), entonces su actitud es la del trickster, un burlador divino empeñado en escapar de su encierro como esa Virgen del Panecillo que solo tiene alas porque sabe que solo podrá salir volando…

A medida que avanza la tarde, Alejita, su compañera, lo mira apremiante y me hace un gesto para que los deje marchar, al fin que desde que vi su tarjeta no he dejado de preguntar tonterías.

La admonición gestual no logró detener mi ímpetu y le suelto a quemarropa una última pregunta, permitida solamente a los malos periodistas:

― ¿Cómo te imaginas que estarás dentro de diez años?

― Diez años significaría que soy demasiado optimista… En cinco, espero mantenerme bien, seguir haciendo esto que es lo que me ha permitido, a los casi setenta años, estar bien físicamente. Creo que hay que morirse cuando uno quiera, no cuando Dios disponga y estoy preparándome para eso. Me encantaría que me entierren en El Tejar porque en ese cementerio, la primera tumba a la izquierda de la puerta principal es la de Eugenio Espejo y deseo estar a su lado para conversar con él en la otra vida y preguntarle cómo era ese Quito maravilloso que ya no existe y que no merece el destino que le tocó vivir.

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Fragmento de la carta de Gonzalo Arango a Ulises Estrella.

José Barrera enciende su cigarrillo veinte mil, mientras leo la leyenda que hay en un cuadrito colgado cerca de la puerta del taller, es un fragmento de cierta carta que el nadaísta Gonzalo Arango le escribió al tzánzico Ulises Estrella:

“Sigo creyendo en los hombres que se juegan la vida hasta los huesos por un pan ganado con la dignidad de su trabajo y con sabor a paraíso”.

Lea la entrevista de Edwin Madrid a Ulises Estrella en La Barra Espaciadora donde se menciona la carta de Gonzalo Arango.

BIOGRAFÍA APÓCRIFA DE UN GALLINAZO

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Gallinazo vigilante de Lima. Fuente: El Comercio.

 

Esa mañana el cielo permanecía encapotado, pero el sol acribillaba con balas de fuego perforando nubes y cuerpos.

Nuestro coche avanzó sobre los caminitos de tierra que, como riachuelos lodosos, desembocan en la torrentosa carretera de cemento que une los balnearios de Esmeraldas.

Llegamos a Tonchigüe. La playa no estaba manchada de turistas y el pueblo entero, con casas y gentes, se hundía en la modorra de media mañana.

A pocas cuadras de la plaza central, una res destazada daba la bienvenida a los extranjeros con sus muñones cubiertos de moscas verdes. Las gargantas se llenaban de nudos o los nudos de gargantas.

Por fin, el coche llegó a la plaza y un garrotazo de olor a podredumbre hizo añicos el parabrisas. A la izquierda, un Everest de bolsas de basura de Dios sabe qué época agonizaba por los picotazos de cuatro gallinazos.

Las aves eran gordas y azabaches. Batían sus alas y se atragantaban como aristócratas cenando luego de la ópera.

Las vísceras de las bolsas se esparcían por aquí y por allá, pasando del suelo a las barrigas de los pajarracos. Uno, sin duda el que lideraba, con un movimiento de sus extremidades se puso a controlar la gula de sus compinches. Sus picotazos eran los privilegiados, pues la carne descompuesta era suya, solo suya.

Frente a la escena del banquete pajaril, a nuestra derecha, cuatro hombres reposaban sobre hamacas. En el suelo, doce o quince botellas de cerveza hervían por acción del sol furibundo.

Indiferentes, se abalanzaban cada cierto tiempo sobre la cerveza caliente. Sin embargo, uno, el que permanecía sentado, era el líder, el encargado de repartir la bebida. Los demás le obedecían y si alguno hubiese tenido la audacia de coger una botella sin su autorización, el castigo habría sido ejemplar.

Aquel hombre transpiraba poder, aun dentro del auto y a varios metros de distancia era posible sentirlo.

Hipnotizados por su influjo, dejamos de acelerar hasta que el motor, en medio de toses y corcoveos, se apagó. Hoy seguiríamos plantados en aquel sitio si un aleteo feroz, el del gallinazo jefe, no nos hubiera obligado a reaccionar.

El ave se elevó seguida de una de sus compañeras, mientras las otras permanecían en tierra devorando lo que quedaba de basura en medio de una estela de plumas azabaches.

Arrancamos el coche y lo último que pude ver fue que también tres de los hombres se habían esfumado. Solo quedaba uno, quien, desde la hamaca de su jefe, bebía de a poco lo que quedaba en cada una de las botellas de cerveza abandonadas.

Esa fue la primera vez que vi un gallinazo cara a cara y, ahora, por todo lo que ha ocurrido, comprendo que esa experiencia estuvo ligada con mi transformación.

 


 

Temprano el calor había sido tan fuerte como el de aquella mañana en Tonchigüe, sin embargo, en la tarde, cuando tuve el primer síntoma de mi cambio, el cielo empezó a sudar frío como si el planeta estuviese tratando de equilibrar su temperatura con transpiraciones de granizo.

Yo estaba acostado, meses atrás se había publicado mi primer libro y aunque me sentía contento, estaba inseguro. De repente, sentí una comezón incontrolable sobre los labios. Me rasqué casi hasta arrancarme el cuero y, al borde de la demencia, corrí al baño y me miré en el espejo: mi boca estaba hinchada, había empezado a crecer hasta formar un pico, al tiempo que mis labios se tornaban grises.

Quise pedir ayuda y solo fui capaz de proferir un suave gruñido, pero la vergüenza me alejó para siempre de los médicos.

Las transformaciones, en los días siguientes, no se detuvieron y tampoco se circunscribían a lo físico: psicológicamente cada vez me parecía más a un ave carroñera.

En la calle (a la que salía solo cubierto con capuchas y bufandas), cada persona, cada objeto incluso, me provocaba un apetito voraz incitándome a arrancarle pedazos con mi recién adquirido pico gris.

Las situaciones extrañas, los traumas, las malas costumbres de la gente hacían que mi estómago gruñera ansioso e incontrolable. Pero también lo hermoso…

Mientras los humanos comunes huían de los monstruos o de los agonizantes, yo me pegaba a ellos para destriparlos y, luego, en el silencio de mi cueva, los digería en forma de cuentos.

Ya nada me escandalizaba, al contrario, exacerbaba mi hambre. La hez, lo hediondo, lo cruel de la humanidad solo conseguía que la bestia interior aflorara chillando llena de gozo.

Con el pasar de los meses, dejé de sentir la necesidad de ocultarme. Era un gallinazo y ya no me importaba.

Me divertía cuando los niños, en esas reuniones familiares, se paraban a mirarme con estupor. Sus madres (mis tías, primas, hermanas) los alejaban tapándoles la boca y la nariz para evitar un posible contagio.

Mis brazos se convirtieron en alas, mis piernas en garras y mi piel se cubrió de plumas negras, mientras mis ojos aguados mejoraron su visión hasta el punto de que podía detectar una víctima a kilómetros de distancia.

Mi alimento era la novedad y, al digerirla, excretaba poemas, novelas, crónicas, ensayos.

Descubrí que no era el único, que otros como yo vivían semiocultos dentro de bares o refundidos entre funcionarios de cualquier clase de ministerio. Algunos procreaban belleza, otros, monstruosidad.

Los gallinazos empezamos a reunirnos y, pronto, se volvió evidente que algunos eran muy fuertes. Los débiles o los novatos huían bajo un aguacero de reverencias, mientras los demás desollaban primero a las presas. Los mejores cuentos salían de los picos de estas fieras terribles.

Solo un lugarteniente, un plumífero tan audaz y duro como su jefe, se atrevía a desafiar la autoridad de vez en cuando. Producía textos tan brillantes que los líderes temían perder su posición.

Por eso, el equilibrio de poder dentro de la comunidad de gallinazos siempre ha sido inestable: cualquier cosa puede acabar con el orden jerárquico. Hay tanta hambre de arte que algún día terminaremos por despellejarnos en busca de alguna joya que se encuentre incrustada dentro de nuestras tripas.

Esta clase de gula es por pura estética. No importa a quién o a qué haya que sacrificar, lo único que interesa es la creación y cuestionarlo todo, incluso a uno mismo.

Cuando vi los gallinazos en Tonchigüe no imaginé que un virus se inocularía dentro de mí. Tampoco sospechaba que, más temprano que tarde, me transformaría en un ave carroñera capaz de devorarlo todo, incluso a mi padre…

El día que murió, sin dudarlo, me lancé sobre su cuerpo helado y me puse a exprimir sus entrañas para hacer literatura. Quizá algún día, con el pico manchado de libros, me convertiré en el rey de los gallinazos.

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Busque el relato con ilustraciones magníficas de Majo Rodríguez en la edición especial de aves de Terra Incognita (agosto 2018).

LOS TUITS DE GÓMEZ DE LA SERNA

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“El circo de las ondas”, dibujo de Ramón Gómez de la Serna.

“― ¡Muero por amor! – exclamó la margarita al tiempo que una adolescente le arrancaba su último pétalo.”

Al analizar el ADN de ese tuit encontrado al azar, es probable que llegamos al microcuento de Augusto Monterroso o, más atrás, a la greguería de Ramón Gómez de la Serna. Los tres están emparentados por la efectividad y son balas de ingenio.

Hoy, las redes sociales han abierto sus puertas para que legiones de escritores anónimos se atrevan a publicar, sin control y sin miedo, sus ideas, relatos o poemas.

Si bien es cierto que esta emancipación no necesariamente implica calidad, los tuiteros seducen porque son capaces de expresar ideas de forma breve y con humor.

Sin embargo, esto no es nuevo. Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888), rara avis entre esas raras avis que eran los vanguardistas, había experimentado con el lenguaje hasta llevarlo a extremos increíbles.

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De “Automoribundia“, autobiografía de Ramón Gómez de la Serna. Fuente: Geocities, greguerías – retratos

La greguería, su más brillante invento, pretendía mezclar el humor con la poesía para producir dardos de palabras.

Un tuitero, de pronto, se podría sentir atraído con un Gómez de la Serna que definía a letras, animales, personas e incluso a él mismo usando breves y mordaces metáforas.

El escritor español era un innovador. Cada género que abordaba hacía lo imposible por llevarlo hasta el límite. Era un Leonardo Da Vinci de la lengua. Se burlaba de las normas, caía en el laísmo con la misma desfachatez con la que acudía a las conferencias disfrazado de sarraceno.

Vivía la vida como si se tratase de un lienzo, comprendía que él era la obra y sus libros no podían estar desligados.

Abrir uno de sus volúmenes es como desnudarlo: cada página es una prenda de ropa interior, cada párrafo, un tejido y cada palabra, una célula.

Al escribir biografías, escogía personajes con los que pudiera sentirse identificado para convertirlos en proyecciones de sí mismo, mientras que en sus novelas los protagonistas son sus alter egos incongruentes.

Gómez de la Serna es un universo y sus libros, planetas dentro de él.

Probó todos los géneros (biografías, microrrelatos, ensayos, novelas) y cuando ya no fueron suficientes, creó uno nuevo, único, íntimo: la greguería. Su fórmula “matemática” es humor más metáfora y aunque, al principio, eran extensas y a veces demasiado complejas, poco a poco, adquirieron sencillez.

No obstante, aquella característica no implica banalidad. Las greguerías son profundas porque convierten al humor en un mecanismo para alcanzar la catarsis. Están muy relacionados con aquellos poemas breves del Japón, los haikus (a los que el español admiraba profundamente), porque aspiran a provocar un impacto (un “despertar”) en la mente del que lee.

En el siglo veintiuno, Gómez de la Serna es un desconocido. De hecho, su olvido se remonta incluso a sus últimas décadas de vida (años cincuenta y sesenta del siglo veinte), cuando aquel hombre que se había empeñado en impulsar nuevas corrientes artísticas, empezaba a quedar sepultado por ellas.

El español viviría encantado en esta época, tan llena de artilugios. Aquel hombre que coleccionaba maniquís, estampillas, monóculos e ídolos africanos no tendría reparos en llenar cajas con celulares o aparatos destartalados, pero sobre todo se dedicaría a promover a esos autores anónimos que, sin saberlo, repiten las fórmulas de sus greguerías en ciento cuarenta caracteres (o, ahora, en doscientos ochenta).

En estos tiempos hay prisa y pese a que aún la gente se atreve a leer novelas, la mayoría de jóvenes están sometidos a bombardeos incesantes de información, de modo que redes como Twitter son oasis de brevedad.

Cansados de desfiles inacabables de letras, se sientan frente a la pantalla y abren la camisa para morir acribillados con frases cortísimas.

La historia de la literatura es la historia de la repetición: todo lo que se considera novedoso, alguien ya lo hizo. De la misma manera que Gómez de la Serna se inspiró en los haikus y, acaso, los microcuentos de Monterroso en las greguerías, los tuits, por un misterioso arquetipo, repiten patrones presentes en ambos.

Pocos jóvenes leen a Matsuo Basho, Monterroso o Gómez de la Serna, pero a través de sus abuelos, padres, tíos… esos escritores se han instalado en su inconsciente.

Las creaciones contemporáneas no son más que repeticiones con chips de algo que ya quedó escrito en eso que el crítico estadounidense Harold Bloom habría llamado el canon de la literatura mundial.

Suele suceder…

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Ilustración de Ramón Gómez de la Serna. Fuente: El País Cultura.

Iba con la cabeza pegada al cristal de la ventana. Afuera, en las calles de la zona rosa, las notas de salsa se mezclaban con las de vallenatos y, juntas y revueltas, se empeñaban en abrir a patadas las puertas del taxi que a toda velocidad me conducía al hospitalAndrade Marín”.

Era la crisis veinte mil que sufría mi padre o, mejor dicho, la sombra de mi padre, pues de aquel hombre que se levantaba los domingos a leer periódicos y revistas no quedaba más que un despojo.

La muerte no tiene cara de futuro, sino de pasado: las escenas de la infancia acudían a su cama disfrazadas de monstruos legendarios y el miedo no era a lo desconocido, más bien, era a repetir eternamente pesadillas viejas.

El taxi frenó a raya y yo salí de la modorra medio desnudo, con la cara de asombro que pone todo individuo al que lo sacan del sueño a la fuerza. El conductor balbuceó una disculpa y yo un “no se preocupe”.

Vi entre sueños que nuestra carrera casi cobró dos víctimas: una pareja de borrachitos que cantaban a gritos.

Llegamos al hospital poco después. Un guardia sonámbulo me dijo que no podía pasar, que no eran horas de visita. Me enredé en una discusión en la que se habló de todo, incluso de la profesión de nuestras madres, pero nunca de agonías. Una cortesía que entonces no fui capaz de comprender.

Finalmente, conseguí que un médico de guardia (uno de esos universitarios que dormitan en las crisálidas de los hospitales públicos durante un año) me permitiese pasar.

Trotando fui hasta el área de medicina interna. Allí, cuarenta viejecitos se ahogaban entre gemidos y olor a orina. Algunos estaban acompañados por hijos o nietos con cara de fracaso. Ellos provocaban más pena que los enfermos, al fin y al cabo, eran personajes extraídos de una película distinta y que, a la fuerza y desenfocados, un director novato los había metido en aquella escena.

Pregunté por mi padre a una enfermera. Me miró como si no comprendiera, como si yo fuese una alucinación del cansancio.

“¡Ah, sí, sí!”, dijo suspirando después de escuchar cuatro veces el nombre del paciente y me señaló a otro médico en crisálida que jugaba con su celular en la estación de enfermeras.

Él contestó enseguida, su cerebro nadaba en café. Dijo que la crisis había pasado, que otro anciano despertó por los gritos de mi padre, que un moribundo del área de enfermedades infecto – contagiosas (contigua a la de medicina interna y solo separada de aquella por una puerta azulada), estaba agonizando y que otro llamaba a su hijo y que otro más se había lavado en orina sanguinolenta…

Lo dejé enumerando sus cuasi – muertos y entré en el cuarto de mi padre. Él miraba el techo con los ojos tan desmesuradamente abiertos que creí que iba a caer dentro. Le pregunté cómo estaba, pero no respondió.

Alrededor suyo había cinco camas. Sus habitantes eran un par de viejos tan silenciosos que parecían muertos, dos que agonizaban entre toses negras y un último, amarrado para que no intentase huir, que se la pasaba pidiendo libertad.

“¡Amiguito, amiguito, amiguito…!”, gritaba y uno sentía ganas de ahorcarle o de ahorcarse. “Aquí, van a matar a su ‘abuelito’… ¡a todos nos van a matar, amiguito!”

Una de las enfermeras entró y le dijo que no debía “hablar pendejadas”. Dirigiéndose a mí, mientras miraba el estado de los sueros y de las máquinas de oxígeno, explicó que ella y dos enfermeras estaban a cargo de cuarenta pacientes en el área de medicina interna y doce más en la de enfermedades infecto – contagiosas.

“¡Ni siquiera se ponen trajes especiales, amiguito, quieren matarnos!”

La enfermera dejó su sonrisa colgada entre las bolsas de suero y se fue a seguir su ronda, advirtiéndome que debía regresar a casa, pues nada podría hacer allí.

Pregunté a mi padre que si quería que me quedase, pero él siguió enamorado de las manchas marrones del techo.

Me fui a bordo de otro taxi que también sonaba a salsa.

“En los años mil seiscientos, tun, tun, tun…”

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Ilustración de Ramón Gómez de la Serna. Fuente: oocities.

Al llegar a casa, me desplomé sobre la cama y me puse a llenar el silencio con ruido televisivo. Mi cerebro no entendía nada y solo contemplaba, drogado, la sucesión de imágenes hasta que el teléfono sonó.

Salté como un resorte.

“¿Es mi papá?”, dije a quemarropa y la persona al otro lado de la línea solo preguntó si yo era el hijo de José Barrera. Me necesitaban en el hospital.

Fui con mis tías y mi hermana. La salsa y el vallenato seguían acuchillando la zona rosa (es necesario atravesarla para ir al “Andrade Marín”).

Llegamos y, esta vez, el guardia no discutió. Mi expresión era una verdad irrefutable.

Subí las gradas a toda velocidad. En el pasillo de medicina interna la enfermera dijo que no sabía nada, pero su expresión era la de alguien que sabe todo.

El residente en crisálida habló de un accidente, de una nueva crisis y de que un médico, ya no de crisálida, nos esperaba para explicar con detalle lo ocurrido.

En una sala morada por el frío nos sentamos y el doctor No Importa Cómo Se Llama disparó: “una de las enfermeras olvidó subir la reja de la cama y su padre (aterrado por fantasmas) quiso bajarse, tropezando con la sábana. Su cabeza se golpeó primero con la pared y luego con el velador”.

El médico sin crisálida repitió mil veces “accidente”, “suele suceder”, “error”… Ya no lo escuchaba, me había ahogado en el recuerdo de esos ojos desmesuradamente abiertos.

BiblioRecreo: el bus que promueve la lectura (II)

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El bus del BiblioRecreo se encuentra en el parqueadero externo del Centro Comercial El Recreo, al sur de Quito.

“El BiblioRecreo fue concebido como una biblioteca que funcionaría para el deleite de la lectura”. Así define Claudia Bugueño, actual encargada, a un proyecto que ha roto esquemas dentro del mundo de lectores quiteños.

La biblioteca empezó a operar en octubre de 2013, pero decidieron convertir al 23 de abril, Día Internacional del Libro, en su fecha de cumpleaños oficial.

La iniciativa fue del Centro Comercial El Recreo con el apoyo del Estado a través de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”. Entidad que entregó, en comodato, el bus Ford de los años setenta en el que ahora hay cientos de libros y un nuevo tipo de viajeros…

“El objetivo principal de la biblioteca es incentivar la lectura, poniendo énfasis en los primeros lectores, además de acercar, con libros, un mundo de sueños a nuestros clientes”, explica Marienela Berrazueta, administradora general del centro comercial.

Dentro del bus no hay descanso. Las bibliotecarias acomodan libros, los recomiendan, llenan fichas, redactan publicaciones para la fan page de la biblioteca en Facebook y hasta toman fotos para los carnés de los nuevos usuarios.

Los sábados, a media tarde, es frecuente que el bus esté abarrotado como en el tiempo en que era un medio de transporte. La temperatura aumenta. Por aquí o por allá, el visitante se cruza con un lector empeñado en llevarse Los diez negritos de Agatha Christie, otro que pide recomendaciones de autores ecuatorianos de ciencia ficción y hasta con una chica colorada que escarba entre las estantes buscando amores vampíricos.

Nadie juzga. Todos leen lo que quieren y son felices con sus libros.

“BiblioRecreo es un espacio cultural que incentiva la lectura y un punto de encuentro seguro que pone al alcance de todas las personas, en especial niños y jóvenes, los títulos literarios más destacados bajo el formato de estante abierto sin que los costos sean un limitante”, continúa Marianela Berrazueta.

Las estadísticas del BiblioRecreo están plagados de datos sobre el público capaces de aniquilar cualquier prejuicio. Por ejemplo: en el sur de Quito sí hay lectores, las mujeres son las que más leen y los adolescentes tienen interés en la lectura.

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Para Erika Guevara, una de las usuarias más frecuentes del BiblioRecreo, el secreto de la atracción que ejerce la biblioteca sobre sus usuarios es el ambiente acogedor y la variedad de géneros que se pueden encontrar.

Juan Romero Vinueza, poeta y lector, está de acuerdo con que la variedad es una de las cosas que le gustan, pero el hecho de que sacar un carné cueste menos de diez dólares al año y que, con él, se pueda acceder a cualquier libro y llevarlo a la casa por una semana, es crucial.

Él llegó al BiblioRecreo desde el norte de Quito, a bordo otro bus y recomendado por el escritor Adolfo Macías, quien fue uno de los autores invitados a la biblioteca.

“Alguna vez, en una conversación que tuvimos (con Adolfo Macías), estábamos hablando sobre las bibliotecas en Quito y (sobre) que casi todo estaba concentrado en la Universidad Católica, la San Francisco o en el Centro Cultural “Benjamín Carrión”, pero que no había más opciones que tuvieran cosas interesantes. Claro, está la de la Universidad Central, pero a su biblioteca no la han renovado hace mucho tiempo, sobre todo en el área que me interesa, que es la literatura. Adolfo me dijo que había un bus blanco en el Centro Comercial El Recreo que tenía cosas muy interesantes. Me recomendó que lo visitara para que lo viese con mis propios ojos.”

Pese a que los jóvenes son el público más numeroso, no es extraño encontrar gente de otras edades y ámbitos: amas de casa o profesionales de áreas tan distintas como las matemáticas y el arte.

Uno de ellos, Ramiro Castro es profesor y uno de los usuarios más antiguos:

“Me enteré (de su existencia) por publicidad dentro del Centro Comercial antes de que abrieran. La verdad es que estaba muy impaciente porque me pareció una idea genial. Ha superado mis expectativas”.

Al igual que otros lectores, el ambiente acogedor y la facilidad para sacar libros son las cosas que más le atraen, pero hay otro detalle: BiblioRecreo no es una institución acartonada que se dedica exclusivamente a prestar libros, sino un lugar en el que los lectores pueden interactuar e involucrarse en diversas actividades como talleres, sesiones de cine, clubes de lectura.

Ramiro Castro y Juan Romero Vinueza tuvieron la oportunidad de pasar del papel de usuarios al de expositores.

“La interacción con el público de esta biblioteca es distinta a la de otros lugares donde participé en talleres. En general, hubo gente bastante joven y que estaba interesada en la poesía, pero que no tenía una idea muy clara de qué era ni cómo se comía eso. No obstante, lo más interesante, para mí, fue que allí no importa quién eres (es decir, si se trata de un escritor consagrado, uno novel, un profesor o lo que sea), hay que ganarse la atención”, cuenta Juan Romero, quien dirigió, el 17 de marzo de este año, un taller sobre lenguaje poético a bordo del bus.

“Intenté que no sea tan ‘magistral’ el taller, sino que mediante las lecturas, los mismos asistentes lograsen obtener una perspectiva de lo que había pasado con la poesía en esos años. No fue una cuestión extremadamente teórica, sino más bien una aproximación lectora a las obras en sí, un acercamiento – el primero, en muchos casos – a textos que, a mi parecer, fueron notables en la primera mitad del siglo”.

Por otro lado, Ramiro Castro saltó al ruedo en el “CinEncuentro” de mayo, evento que busca atraer nuevo público lector a través de la exhibición de películas inspiradas en obras literarias. Comparando ambos lenguajes, el de las imágenes y el de las palabras, se pretende desarrollar el gusto por el arte y una comprensión más profunda de los libros.

Usualmente esta actividad ha contado con invitados que van desde escritores hasta blogueros, pero en esta ocasión se ensayó algo distinto: invitar a uno de los espectadores a convertirse en moderador.

Ramiro Castro se sintió satisfecho con el resultado: el público le abrió los brazos y fue una experiencia nueva y grata.

BiblioRecreo no es una biblioteca ordinaria como aquellas que se ven en las películas antiguas. No hay un mostrador separando a bibliotecarios del público y tampoco empleados con mandiles negros de polvo. Lo que sí hay es estantes expuestos para que la gente pueda manipular los libros a su gusto.

Además, si bien es cierto que su primer objetivo apunta al préstamo de libros, la gestión cultural es clave. Claudia Bugueño es asidua en ferias y demás actos culturales.

Igual que un cazador, busca una nueva presa que pueda llevar sus conocimientos a la biblioteca,  promoviendo talleres, charlas o incluso la presentación de nuevas obras.

“En el BiblioRecreo, los escritores van a cautivar a sus futuros lectores, no tienen conocidos ni está a su alrededor el mundo literario e intelectual que siempre los sigue, simplemente se encuentran frente a potenciales lectores y punto. Por tanto, para ellos resulta un reto también”.

Clau BusLEA LA ENTREVISTA COMPLETA A CLAUDIA BUGUEÑO SOBRE EL BIBLIORECREO DANDO CLIC EN ESTA FOTO…

La imagen de la biblioteca le ha abierto puertas, los autores van gustosos y se despojan de sus medallas para hablar con gente que no necesariamente los conoce, sobre todo, en un país que, como dice Claudia, los autores locales no atraen porque se los promociona poco.

Álex Vicente es otro usuario antiguo. Llegó al BiblioRecreo al poco de que empezara a funcionar por una tarea del colegio. El proyecto entonces estaba liderado por Adriano Valarezo, quien es un gran conocedor de literatura y cuyas recomendaciones atraparon a un buen porcentaje de gente.

“La primera vez que llegué fue una experiencia muy interesante. No había visto en años una biblioteca con tantas novedades, una amplia selección de libros, además del servicio de préstamo a domicilio y la gran personalidad de Adriano, un hombre muy preparado que supo desde el inicio darme grandes recomendaciones que hicieron que siempre desee volver.”

Sobre aquella época, la bibliotecaria más antigua, Sonia Ortega, explica que la iniciativa surgió gracias al ingeniero Mantilla, dueño del C. C. El Recreo, quien es un conocido amante del mundo de los libros. Luego, la Casa de la Cultura entregó el bus y el centro comercial se esforzó por darle una segunda vida.

Claudia Bugueño apunta a que una de los principales logros de Adriano fue la capacidad para elegir el fondo de libros adecuado, lo que implica tener un conocimiento amplio de literatura y además arriesgarse, toda vez que era imposible conocer de entrada cuáles iban a ser las lecturas capaces de provocar interés. Además, con su mística de trabajo, pasión y conocimiento, atrajo a mucha gente.

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Sonia Ortega es la bibliotecaria más antigua. Antes trabajó en la extinta librería “Libro Express” (Q.E.P.D.).

Según Claudia, la tarea de ahora es distinta: se trata de una etapa de consolidación, la biblioteca ha dejado de ser una novedad y, por lo mismo, ya no atrae tanto a los medios y al nuevo público, así que requiere un esfuerzo especial.  “Hoy, mi función es sostener el proyecto y hacerlo crecer”.

Para cumplir con esto, se procura descentralizar las funciones, evitando que todo dependa de una sola persona y se prepara a las bibliotecarias para que respondan a cualquier necesidad que se presente. Al fin y al cabo, “la gente no es eterna en las instituciones y lo que debe prevalecer es el proyecto por sí solo, de modo que la biblioteca siga funcionando aunque hayan salido una, dos o más personas”, dice Claudia.

En los últimos meses, el BiblioRecreo se dividió en dos áreas: la infantil y la de adolescentes y adultos, esta última permanece dentro del bus, mientras que la otra se ha mudado al centro comercial, a pocos metros de uno de los patios de comidas.

Allí, una nueva camada de bibliotecarias se esfuerza por atraer a los más pequeños. “A diferencia del otro Biblio, aquí la gente no se queda mucho tiempo y rara vez se lleva los libros, pero hay mayor afluencia, especialmente los fines de semana”, según Gina Ruiz, una de las encargadas de esa sección.

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El neonato BiblioRecreo infantil, dentro del Centro Comercial El Recreo.

Ella, como Claudia y Sonia, fue librera antes y tiene alguna experiencia en recomendar, aunque admite que es muy distinto el ambiente. “Aquí no hay la presión de vender, lo que importa es que la gente disfrute de su lectura y que se relacione con los libros”.

Gina menciona que uno de los esfuerzos en los que el BiblioRecreo se encuentra empeñado es su articulación con la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible de las Naciones Unidas. La idea es convertir a las bibliotecas en grandes emporios de conocimiento para que el público pueda capacitarse y enfrentar los desafíos de una sociedad mucho más compleja con problemas ambientales, sociales y económicos.

Claudia Bugueño dice que el BiblioRecreo es la prueba de que se puede hacer un trabajo conjunto entre Estado y empresa privada para promover la cultura. No es cierto que a ellos no les interesa la gente, es solo que falta gestión y acaso aquello es responsabilidad de los propios actores culturales, quienes no comprenden que “si la comunidad no viene a uno, hay que salir en su búsqueda, tratando de fomentar redes de apoyo sostenible con educadores, directores o autoridades que representen al mundo educativo o que estén destinados a hacer políticas públicas para mejorar el nivel de educación y cultura en el país”.

Mientras registra una pila de libros recién devueltos, Claudia explica, casi como si estuviese hablando consigo misma, que su objetivo es establecer parámetros de calidad, de manera que si otra persona llega a encargarse, podrá entender sin problema todos los procesos, pero sobre todo procurando “hacer de la biblioteca un lugar en el que la gente se sienta cómoda, acogida, respetada y escuchada”.