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La capitana

Trabajar en una librería es una aventura siempre. En un día normal, el librero puede enfrentar desde inundaciones hasta clientes terroríficos. En esta crónica el incongruente bloguero nos cuenta cómo dio cara a ambos cataclismos...

Cuando la mujer con aires de señorona entró, la librería empezó a oler a azufre. No podíamos asegurar que una cosa tuviese que ver con la otra, pero la casualidad era infernal.

Como yo estaba a cargo, me resigné a atenderla. Fui lentamente hacia ella y, a cada paso, sus rasgos me parecían más terribles: mirada incisiva, ceño fruncido y una piel que, por acción de la cirugía plástica, desafiaba el paso del tiempo como Dorian Gray. La mujer transpiraba odio. Sin dejar espacio a mi cordialidad de empleado mal pagado, soltó un gélido «¡ya era hora!» y se puso a contarme que la nieta de su mejor amiga estaba de cumpleaños, de manera que pretendía regalarle un libro en vez de «un cachivache digital que la hunda en la idiotez».

Le entregué volúmenes de clásicos, me dijo que eran aburridos; sugerí entonces libros de Disney y los declaró pueriles; cuadernos con pasatiempos, ¡basura! Ninguna idea le satisfizo, por lo que decidí echar mano de una última alternativa: los libros ilustrados. Le di uno y luego de dudar por unos instantes, dijo:

—No sé si es lo que necesito, pero muéstreme otros.

Esperanzado, recorrí a toda velocidad los estantes en búsqueda de más ejemplares, al tiempo que el olor a azufre se intensificaba. Mis compañeros empezaron entonces a tener arcadas y los clientes a huir de la librería. La mujer, sin embargo, se mantenía inmutable, examinando con hastío un cargamento de libros ilustrados.

De pronto, se escuchó un estallido. Levanté la cabeza y, en el cielo raso, descubrí que se abría un boquete del que fluía agua amarillenta.

La señorona murmuraba frases despectivas sobre los dibujos hasta que los chorros aparecieron en distintas partes del techo falso, incluso sobre ella. Dando un salto que me hizo caer sobre la sección de cocina, le ordené que se apartase, sin embargo, se mantuvo firme del mismo modo que un capitán que se rehúsa a abandonar su barco.

El resto de mis compañeros, sorteando las cascadas con olor a azufre, acudieron para ayudarnos. Era tarde: la mujer estaba empapada, pero, evitando que se ensuciase con el fluido sulfuroso, sostenía en su mano izquierda un libro.

                —¡Este me gusta, lo quiero envuelto para regalo! ¡Y rápido! — exclamó triunfante cuando la sacamos del naufragio.

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