LLEGARON LOS MARCIANOS

UNO

 

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Artículo de periódico donde se reseña el incendio de Radio Quito y El Comercio.

La noche del 12 de febrero de 1949 era helada. Por aquellos años, Quito aún era hipotérmico, lo que no impedía a una alta sociedad, que muy rara vez superaba el metro setenta, pasearse entre teatros y conventos.

Las narices, aguadas por el frío pero erectas por un tan opaco como erótico abolengo, apuntaban golosas a los neonatos anuncios publicitarios de multinacionales que empezaban a sustituir los “Zapatería Fulano” o “Sastrería Mengano”.

Ajenos a los divertimentos culturales de la gente de casi metro setenta, el zapatero Fulano y el sastre Mengano escuchaban la radio. Las noches de los sábados eran especialmente atractivas porque tríos, cuartetos, quintetos y sextetos de músicos se paseaban por las emisoras de radio para tocar pasillos y boleros.

Radio Quito era una de las predilectas. Los borrachitos se ponían a oírla, empujando cada vaso de aguardiente o chicha fermentada con las cancioncillas tristonas, que combinaban con el frío de la noche.

Mientras tanto, sus mujeres, escuchando los mismos do, re, mi, fa, planchaban el segundo y último terno (este negro y el otro, el de trabajo, café) que sus maridos ebrios vestirían en la mañana siguiente para ir a misa.

Esa noche, sin embargo, fue distinta. Al poco de que había empezado a escucharse un pasillo (también pudo ser un vals peruano), la voz neutra y casi sin emoción de cierto locutor interrumpió para decir que un evento extraño había ocurrido en las islas Galápagos. No obstante, era imposible precisarlo porque los reportes oficiales no arrojaban datos claros, se hablaba de platillos voladores y tonterías de esa laya.

Los músicos volvieron a tocar sus pasillos y boleros y los borrachitos a ahogarse con trago, mientras sus mujeres lo hacían con el humo de las planchas de carbón.

Como un puñal, la voz del locutor volvió para acuchillar la calma de aquella noche. Violador fetichista, ordenó que las mujeres se pusieran las enaguas y se quitaran los camisones.

“La situación podría agravarse”, explicó.

Y es que ahora las naves espaciales ya no solo estaban entre tortugas y lobos marinos, sino que habían aterrizado en las afueras de Quito, en Cotocollao, aniquilando el pueblito que, ahora, en pleno siglo veintiuno, es un barrio más de la ciudad.

Escuche fragmentos de “La guerra de los mundos” transmitida por Radio Quito en 1949 (guión del chileno Eduardo Alcaraz , bajo la dirección artística del gran Leonardo Páez, luego autoexiliado en Venezuela).

Zutanos y Menganos sintieron que los vapores del alcohol se disipaban y salieron de las chicherías de La Ronda para ir a sus casas. Durante el trayecto, el cielo se había cubierto de nubes y caía una llovizna tan testaruda que ni quería amainar ni convertirse en aguacero.

La mayoría llegaron a tiempo para ver a sus mujeres empacando ropas y alguna que otra reliquia que valía más en nostalgia que en dinero. Las recriminaciones de ellas iban de la mano con los berridos de los niños y de la voz del locutor, ya no neutra, y que recomendaba ponerse a salvo.

Los pilotos de las naves tenían nombre completo: M-A-R-C-I-A-N-O-S.

De alguna manera, los periodistas habían averiguado la nacionalidad de los invasores y en años en los que el enemigo más terrible de un ecuatoriano era el peruanos, debió resultar una novedad refrescante que hubiera alguien mucho más poderoso y que incluso podría aniquilarlos también.

El ministro del Interior y de Defensa hablaron sobre la amenaza. Dijeron que ni las armas de última tecnología del ejército (ciertamente eran de última) eran capaces de detener a los invasores, quienes, sin mayor esfuerzo, habían aniquilado a los pobres soldaditos que fueron héroes derrotados en la guerra del 1941.

Para entonces, la gente de casi metro setenta que no fue al teatro ya había salido de su casa con colchones, cobijas, santos y joyas para descender a Guápulo o a Chillo. Los marcianos seguramente no estarían interesados en las vacas o en las cosechas, así que esos eran sitios muy seguros.

Muchos no salieron enseguida, deambulando como almas en pena por las calles esquizoides en busca de los familiares perdidos que, sumidos en las películas o en las obras de teatro, ni siquiera se habían enterado del fin del mundo.

Y era el Apocalipsis porque, según el locutor, en Estados Unidos, Europa y hasta en Japón se había reportado el arribo de naves espaciales, sin que hubiera ejército capaz de enfrentar a los invasores.

Tal era la desesperación que en la Radio Quito, alguien sugirió que la chanza había llegado lejos, pero era tarde: hasta un batallón del Ejército Nacional se había movilizado para enfrentar patrióticamente a los marcianos.

Las explicaciones de que se trataba de una radionovela inspirada en el libro La guerra de los mundos y etcétera, etcétera, etcétera, no sirvieron para nada.

La gente, entre incrédula e indignada, escuchaba las disculpas del guionista chileno que había causado, años antes, el mismo lío en su tierra.

Cuando el susto cedió el paso a la ira, Zutanos, Menganos y también Perencejos, que hasta entonces andaban escondidos con las putas de los tugurios cercanos a la Plaza del Teatro, a la espera de la aniquilación mundial entre perfumes de rosa y medias de seda, empezaron a agruparse para cobrar la única deuda que jamás se perdona: la burla.

Ricos y pobres, como en película de bajo presupuesto, marcharon sobre la ciudad con la consigna primero de exigir disculpas y, luego, de castigar a los clowns que se habían burlado de la muy noble y franciscana ciudad de Quito.

Nadie sabe a quién se le ocurrió la idea ni en qué momento, pero la sede de la radio, donde también funcionaba el Diario El Comercio, empezó a quemarse y la turba, en la que cultísimos encopetados y Zutanos, Menganos y Perencejos se confundían, atizaba las llamas sin distinguir entre justos y pecadores o entre talentosos y zoquetes.

Las tropas acantonadas en la ciudad, acaso avergonzadas por haber caído en la chanza, se hicieron de la vista gorda y dejaron a los artistas a su albur.

En el Teatro Sucre la función se suspendió a tiempo para que mis abuelos pudieran ver, desde lejos, las llamas de la hoguera.

Mi padre, niño aún, escucharía rumores esparcidos por cocineras que afirmaban que el guionista, un chileno brillante, logró escapar del populacho saltando sobre tejados y paredes de conventos donde lo habían refugiado las monjas.

 

DOS

 

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Orson Welles durante “La guerra de los mundos” y la portada de The New York Times que reseña el pánico de los radioescuchas. Foto tomada de: En lengua propia.

Una década antes, el 30 de octubre de 1938, Orson Welles incendió Nueva York.

Cerca de las ocho de la noche, la transmisión musical de la CBS se interrumpió para informar que un tal profesor Farrel del Observatorio de Mount Jenings había detectado una serie de explosiones en Marte seguidas de la caída de un meteorito en Nueva Jersey. El mismo que, en realidad, resultó ser una nave del espacio.

En los minutos previos, se había informado que iba a estrenarse una radionovela inspirada en La guerra de los mundos de H.G. Wells. La adaptación había sido preparada por Orson Welles y su compañía de teatro, la Mercury Theatre, pero pocos escucharon la introducción o, si lo hicieron, no les importó.

Tras el anuncio, la transmisión normal se retomó para volver a cortarse varios minutos después con un boletín que informaba sobre el aterrizaje de naves o avistamientos de ellas en diversas partes de Nueva Jersey y Nueva York. El formato escogido tenía la apariencia de una noticia en desarrollo.

La gente estaba atemorizada, sin embargo, solo se hundió en el pánico cuando Carl Phillips, supuesto enviado especial de CBS, empezó a transmitir desde Nueva Jersey los detalles de la invasión que había arrancado en aquel lugar.

Entre otras cosas mencionó que puso ver los verdosos y brillantes ojos de los marcianos…

Más tarde, la música de baile se interrumpió para que el “presidente Franklin Delano Roosevelt” emitiera un mensaje a la nación, explicando los esfuerzos del gobierno federal para detener la amenaza, al tiempo que llamaba a la calma y, aproximadamente a los cuarenta minutos, el propio Orson Welles, “locutor de la CBS”, fallecía en la azotea del edificio ahogado por gases venenosos.

Escuche “War of the Worlds” adaptada para la radio por Orson Welles en 1938.

Luego, se emitió un nuevo anuncio indicando que todo había sido una dramatización, parte de una serie de adaptaciones radiales de obras literarias. A nadie le interesó.

Nueva York se consumía entre llamas. Cientos de personas, desfiguradas por el miedo, trotaban por calles y avenidas y los autos se chocaban en las autopistas.

Ni el posible bombardeo de aviones japoneses a San Francisco durante la Segunda Guerra Mundial provocaría tanto miedo como las tropas de Marte aquella noche, víspera de Halloween.

La transmisión se cerró a los 59 minutos. Después de la muerte de Welles y de la segunda advertencia, se narraban, en tercera persona, los eventos que culminaron con la muerte de los marcianos y el fin de la invasión.

Para entonces, los teléfonos de estaciones de policía, bomberos, hospitales y periódicos estaban colapsados en el área de Nueva York y Nueva Jersey. Nadie conseguía información oficial debido a la cantidad de gente desesperada por averiguar si la historia era real y, si era el caso, una forma de salvar la vida.

Se reportaron supuestos envenenados por gas tóxico, personas desmayadas, accidentes de tránsito y hasta suicidios.

Al día siguiente, en pleno Halloween, la carrera de Orson Welles estuvo a punto de morir asesinada por los mismos gases tóxicos que su personaje de la noche anterior. El público pedía su cabeza porque se consideraba víctima de una burla macabra.

Él, de 23 años, se enfrentó a los periodistas y les dijo que nadie en su equipo imaginó que podían producirse aquellos efectos. La idea fue adaptar la novela de H. G. Wells, al igual que otras obras como El conde de Montecristo o Drácula, a la realidad estadounidense, al fin y al cabo, a nadie le interesaría, en aquellos años de puro realismo, una historia escenificada en la distante y neblinosa Inglaterra de la reina Victoria.

Pese a las amenazas, la carrera de Orson Welles subió como la espuma y tanto él como Howard Koch, su guionista estrella y el responsable de cambiar Hyde Park por Central Park, se convirtieron en poderosas figuras de Hollywood.

El primero, además de vestirse con el traje de l’enfant terrible de la industria del espectáculo, recibió el empuje que le faltaba para emprender un proyecto audaz llamado Citizen Kane y el otro, cuatro años más tarde, terminaría discutiendo con el director Michael Curtiz el final adecuado para Casablanca. El realismo de los Estados Unidos se puso de rodillas ante la ficción.

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