EL OTRO BARRERA

UNO

Josés Barreras
A la izquierda, José Barrera, artesano. A la derecha, José Barrera, escribidor. Sobre el primero puede encontrar un video en Youtube como parte de la iniciativa #100HéroesEcuatorianos.

Soy José Barrera y la persona de la que se ocuparán las siguientes líneas, también.

Soy un escribidor y él un maestro artesano que trabaja con madera noble.

No somos parientes.

Hasta hace algunos meses, ninguno había oído hablar del otro, pero una casualidad (de esas que, según las inexactas ciencias exactas, no son tal) hizo que cierto día de febrero se me ocurriera visitar el barrio de San Marcos donde mantiene su taller.

La coincidencia es mayor: fui a ese barrio para buscar la casa donde mi padre, también José Barrera, vivió durante gran parte de su vida.

Encontré a José Barrera, el artesano, de sopetón y sin aviso previo.

Estaba caminando por la plaza de ese lugar que, en otro tiempo se conoció como la Loma Chica, mientras las incongruencias fulminaban mis ojos.

A la derecha, la casa que fue de Sebastián de Benalcázar y que, ahora, no tiene ni fantasmas solo un guardia sin garbo al que contrató el Municipio. A la izquierda, la placita con una pileta que desborda palomas. En el centro, una iglesia en cuyo frontispicio cuelga un letrero, poético y colorado, con la leyenda: “¡SAN MARCOS SIN CACA!”

Me volteé y pude ver atrincherado en un pequeño local a cierto hombre de cabello gris y bigote frondoso. Detecté incluso el cristal de sus lentes brillando herido de muerte por la luz del opaco sol de las tardes supuestamente invernales de Quito y su concentración, idéntica a la de un neurocirujano frente a una tumefacta masa encefálica.

Entré para curiosear y, naufragando entre cajitas, peines y piezas de ajedrez, todos hechos a mano, vi una tarjeta de presentación, de las que nadie usa ya, que anunciaba con letras negras a “JOSÉ BARRERA”.

Le pregunté si era ese su nombre y cuando lo hubo confirmado, le confesé cuál era el mío.

La escena no habrá igualado en dramatismo a la que protagonizaron Livingstone y Stanley en el Tanganica, pero me sentí en medio de un cuento de Borges en el que dobles del futuro enfrentan a los del pasado para recriminarse las torpezas.

 

DOS

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Iglesia de San Marcos con senda admonición en contra de los pecados escatológicos.

Desde entonces, varias veces lo he visitado. Su humor es de ébano. Se burla de alcaldes, políticos, viejos amigos, de mí, de él, de todo, pero esa ironía no esconde odio, solo añoranza por tiempos en los que la gente no pasaba por la vida con indiferencia.

― Antes, era un enemigo declarado de cualquier viejo que se atrevía a decir “todo tiempo pasado fue mejor”; ahora, soy uno de ellos.

Su discurso salta, como las piezas de ajedrez que fabrica, de un lugar a otro: le pregunto cómo empezó en el oficio y habla de la historia de los artesanos quiteños, digo que me gustan las cajas que diseña y me responde que le fastidia la programación de la radio los fines semana…

― En los años sesenta, las esposas de los carpinteros eran las que charolaban y el material utilizado para ello se hacía mezclando goma laca con alcohol metílico (no el que te tomas el viernes), pero esa sustancia manchaba los dedos, dándoles una tonalidad amarilla y fea.

Aquella cicatriz de guerra, lejos de avergonzarlas, era un motivo de orgullo. Las mujeres de los artesanos aseguraban que ese hecho es el que había inspirado a los europeos para inventar los pintaúñas.

― A propósito, el charol se pasaba sobre la madera con una tela de algodón y, antes, la ropa interior era de ese material. Entonces, las mujeres de los artesanos iban a pedir a los vecinos, quienes eran igual de pobres que sus maridos, los calzoncillos y las camisetas para trabajar. Ahora, yo he mejorado algo: compró la tela (es cierto que Quito sigue siendo una ciudad de gente pobre, pero ya nadie usa interiores de algodón).

Su diálogo está cargado de humor, pero, como es propio del quiteño, esconde tristeza.

En el caso de José Barrera ese sentimiento se produce porque ha visto transformarse a Quito, su Quito, en una vieja raquítica capaz de engullir a cada uno de los habitantes para satisfacer su insaciable apetito de progreso. Seguramente, al final, esa voracidad la llevará a tragarse a sí misma como una culebra que se muerde la cola.

Su decepción también es por ese joven que acude a los barrios antiguos para aniquilar su tranquilidad con ideas únicas que ya se les había ocurrido a uno, dos, tres, quince individuos parecidos a él.

― Quito es la ciudad del emprendimiento del vecino: si se te ocurre una idea, mañana aparecerá otro que querrá hacer lo mismo que vos una cuadra más abajo y luego otro y otro y otro…

Da una chupada a su cigarrillo y continúa:

― Es una ciudad anárquica, sin identidad, de fácil conquista: nuestros viejos eran idénticos unos de otros, unos Gardeles impecables que bailaban tango, más argentinos que el asado…

El celular de su compañera, Alejita, suena y nos hace saltar a los tres. Ambos tenían un almuerzo pactado, pero mi impertinencia les arruinó el plan.

De todas maneras, José Barrera es un Atila imperturbable. Fuma y habla como si fuese un lunes y no uno de esos domingos en los que ni Dios quiere trabajar:

― En mi generación, la llegada de los chilenos por la caída de Allende, transformó la ciudad: todos empezamos a uniformarnos “a la chilena”; cierto es que creció también la industria porque hasta entonces era casi nula en Quito, ciudad que lo único que producía era fieros burócratas, pero nos disfrazamos de chilenos y hasta los salesianos nos cambiaron el uniforme del colegio para estar a la moda del sur.

Cuando alguien entra en su taller y le dice “¡qué lindo esto!”, los mira con suspicacia porque sabe que a esa frase la seguirá el “ya regreso, voy a sacar dinero del banco”, equivalente a un “adiós para siempre”.

― Tendría que operarme de las rodillas si los esperase parado…

Sin embargo, hay una luz que lo ilumina cuando empuña el cincel para trabajar la madera.

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Peine fabricado por José Barrera, artesano, que José Barrera, escribidor, nunca usará por su prematura alopecia.

― Esto, para mí, es un oficio de vida, pero, claro, se convirtió en aquello porque, al asumirlo, ya no tenía compromisos financieros fuertes como el estudio de mis hijos o sostener económicamente la casa. Al fin y al cabo, el artesano siempre es pobre, mal visto, la última rueda del coche.

De pronto, recuerda a Eugenio Espejo, quien definió al quiteño como un individuo “nacido en la oscuridad, educado en la desdicha y destinado a vivir en la pobreza”.

Siento que habla de sí mismo o de sus compañeros de armas…

― Quito es una ciudad de artesanos, pero nadie se acuerda de que sus manos fueron las que la construyeron. En una conferencia que tuve la oportunidad de dar, les dije que debían estar conscientes de todo lo que les deben, algo que es muy difícil considerando que siempre han visto los nombres de alcaldes, ingenieros, arquitectos y demás personalidades en las placas conmemorativas, jamás el suyo y el de otros hombres que hicieron posible aquello.

José Barrera es un personaje del Romanticismo. Pintaba para médico, pero un día se dio cuenta que empuñar escalpelos no era lo suyo y los cambió por las herramientas del ebanista.

La madera lo llamaba.

La especialidad que escogió en sus años de estudiante de medicina fue la ginecoobstetricia y, pronto, fue a trabajar como ayudante de su maestro el doctor, Alfredo Jijón, en la Maternidad Isidro Ayora.

Él era el médico de las monjas de claustro y el único autorizado para visitarlas. Mientras lo esperaba, el futuro artesano se ponía a curiosear entre las reliquias guardadas en los conventos y museos. Esas piezas de madera habían sido trabajadas por las manos, casi siempre anónimas, de la gente de la Escuela Quiteña. El enamoramiento por su futuro oficio había empezado.

― Pero antes, hace sesenta años más o menos, por casualidad, fui a vivir en Cayambe, donde nació mi padre. En nuestro barrio, y probablemente en todo el pueblo, había un solo carpintero que se llamaba Elías Páez, el famoso “Elías Paiz”, quien vivía cerca de la casa. Yo solía jugar con los maderas y virutas que encontraba en su taller y, una vez, por pedido de mi abuela, él nos hizo un carro gigante, todo de madera. Probablemente aquello despertó mi interés por el oficio, pues me di cuenta de que la madera es un material tan noble que puedes crear cualquier cosa con ella.

La taracea, especialidad de José Barrera, es un arte en peligro de extinción. Conozca más sobre ella en este video de la Agencia EFE.

Ahora, el reconocimiento a su trabajo ha llegado. Las cajas de madera noble que crea viajan por lugares del mundo que no hubiera imaginado en otro tiempo.

Cierta mañana, varios años atrás, el alcalde apareció y quiso refundirlo en un cuartito en la calle de La Ronda junto con otros maestros de diversos oficios.

Le dijo que no. A él le interesa trabajar en paz y no ser un espectáculo.

― Hasta para ver a las fieras en los circos se tiene que pagar entrada – sonríe.

Su conocimiento sobre la ciudad también es uno de sus sellos. Cuando habla de Quito y de sus rincones desconocidos, embelesa.

― Pero a los extranjeros – aclara – no a los locales, porque la gente de aquí no conoce Quito y es imposible amar lo desconocido.

Le hago notar que Goethe escribió algo muy parecido y responde con un guiño de ojo:

― ¡Seguramente tu alemán me copió!

Apenas hubo terminado el colegio, José Barrera se fue a Colombia con un par de amigos. La Universidad Central había sido clausurada por Velasco Ibarra y no quedaba más que ir al vecino del norte para hablar del vecino del sur.

Sin embargo, allí, no supo qué decir.

Viajando entre Bogotá y Cartagena, se percató de que había caminado, durante años, por las calles de su ciudad sin conocerla, mientras que en Colombia los niños hablaban de las piedras y las paredes con una familiaridad increíble.

A su regreso, se propuso conocer Quito a fondo, visitando los rincones más bellos y los más terribles.

Fue a las chicherías de La Ronda donde los borrachos se bebían la vida en vasos llenos de naranjilla y canela fermentadas y que, según los rumores, solían adobar usando huesos humanos y magia negra.

En medio de esas correrías, cayó en San Marcos, el sitio adonde trasladó su taller.

Quince años atrás, había participado en la formación de un grupo de mujeres para convertirlas en microempresarias y dueñas de un restaurante (“salón” o “fonda”) de comida quiteña.

Él, para apoyarlas, iba a almorzar en el sitio y también a leer en la plaza. Entonces, encontró la ubicación perfecta para su taller.

― Me di cuenta de que San Marcos es el único barrio por el que no se pasa, hay que entrar, o sea, ir con la intención específica de visitarlo. Antes, al norte y al sur había quebradas, de modo que el barrio era una isla y, a pesar del paso del tiempo, sigue siendo así, lo que lo ha convertido en un sitio independiente del resto del centro histórico, uno en el que se mantiene la vecindad que ya no hay en otros lugares (con los inconvenientes y beneficios de aquello).

 

Cuando se le pregunta sobre las generaciones contemporáneas y su falta de identificación con Quito, sonríe.

― El quiteño siempre ha tenido un comportamiento barroco, pero, claro, vive entre montañas y quebradas, está encerrado en una suerte de fortaleza natural (alguna vez parece que la gente pensó en amurallar la ciudad, desistiendo al darse cuenta del sinsentido), entonces su actitud es la del trickster, un burlador divino empeñado en escapar de su encierro como esa Virgen del Panecillo que solo tiene alas porque sabe que solo podrá salir volando…

A medida que avanza la tarde, Alejita, su compañera, lo mira apremiante y me hace un gesto para que los deje marchar, al fin que desde que vi su tarjeta no he dejado de preguntar tonterías.

La admonición gestual no logró detener mi ímpetu y le suelto a quemarropa una última pregunta, permitida solamente a los malos periodistas:

― ¿Cómo te imaginas que estarás dentro de diez años?

― Diez años significaría que soy demasiado optimista… En cinco, espero mantenerme bien, seguir haciendo esto que es lo que me ha permitido, a los casi setenta años, estar bien físicamente. Creo que hay que morirse cuando uno quiera, no cuando Dios disponga y estoy preparándome para eso. Me encantaría que me entierren en El Tejar porque en ese cementerio, la primera tumba a la izquierda de la puerta principal es la de Eugenio Espejo y deseo estar a su lado para conversar con él en la otra vida y preguntarle cómo era ese Quito maravilloso que ya no existe y que no merece el destino que le tocó vivir.

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Fragmento de la carta de Gonzalo Arango a Ulises Estrella.

José Barrera enciende su cigarrillo veinte mil, mientras leo la leyenda que hay en un cuadrito colgado cerca de la puerta del taller, es un fragmento de cierta carta que el nadaísta Gonzalo Arango le escribió al tzánzico Ulises Estrella:

“Sigo creyendo en los hombres que se juegan la vida hasta los huesos por un pan ganado con la dignidad de su trabajo y con sabor a paraíso”.

Lea la entrevista de Edwin Madrid a Ulises Estrella en La Barra Espaciadora donde se menciona la carta de Gonzalo Arango.

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