LOS TUITS DE GÓMEZ DE LA SERNA

Gomez de la serna
“El circo de las ondas”, dibujo de Ramón Gómez de la Serna.

“― ¡Muero por amor! – exclamó la margarita al tiempo que una adolescente le arrancaba su último pétalo.”

Al analizar el ADN de ese tuit encontrado al azar, es probable que llegamos al microcuento de Augusto Monterroso o, más atrás, a la greguería de Ramón Gómez de la Serna. Los tres están emparentados por la efectividad y son balas de ingenio.

Hoy, las redes sociales han abierto sus puertas para que legiones de escritores anónimos se atrevan a publicar, sin control y sin miedo, sus ideas, relatos o poemas.

Si bien es cierto que esta emancipación no necesariamente implica calidad, los tuiteros seducen porque son capaces de expresar ideas de forma breve y con humor.

Sin embargo, esto no es nuevo. Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888), rara avis entre esas raras avis que eran los vanguardistas, había experimentado con el lenguaje hasta llevarlo a extremos increíbles.

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De “Automoribundia“, autobiografía de Ramón Gómez de la Serna. Fuente: Geocities, greguerías – retratos

La greguería, su más brillante invento, pretendía mezclar el humor con la poesía para producir dardos de palabras.

Un tuitero, de pronto, se podría sentir atraído con un Gómez de la Serna que definía a letras, animales, personas e incluso a él mismo usando breves y mordaces metáforas.

El escritor español era un innovador. Cada género que abordaba hacía lo imposible por llevarlo hasta el límite. Era un Leonardo Da Vinci de la lengua. Se burlaba de las normas, caía en el laísmo con la misma desfachatez con la que acudía a las conferencias disfrazado de sarraceno.

Vivía la vida como si se tratase de un lienzo, comprendía que él era la obra y sus libros no podían estar desligados.

Abrir uno de sus volúmenes es como desnudarlo: cada página es una prenda de ropa interior, cada párrafo, un tejido y cada palabra, una célula.

Al escribir biografías, escogía personajes con los que pudiera sentirse identificado para convertirlos en proyecciones de sí mismo, mientras que en sus novelas los protagonistas son sus alter egos incongruentes.

Gómez de la Serna es un universo y sus libros, planetas dentro de él.

Probó todos los géneros (biografías, microrrelatos, ensayos, novelas) y cuando ya no fueron suficientes, creó uno nuevo, único, íntimo: la greguería. Su fórmula “matemática” es humor más metáfora y aunque, al principio, eran extensas y a veces demasiado complejas, poco a poco, adquirieron sencillez.

No obstante, aquella característica no implica banalidad. Las greguerías son profundas porque convierten al humor en un mecanismo para alcanzar la catarsis. Están muy relacionados con aquellos poemas breves del Japón, los haikus (a los que el español admiraba profundamente), porque aspiran a provocar un impacto (un “despertar”) en la mente del que lee.

En el siglo veintiuno, Gómez de la Serna es un desconocido. De hecho, su olvido se remonta incluso a sus últimas décadas de vida (años cincuenta y sesenta del siglo veinte), cuando aquel hombre que se había empeñado en impulsar nuevas corrientes artísticas, empezaba a quedar sepultado por ellas.

El español viviría encantado en esta época, tan llena de artilugios. Aquel hombre que coleccionaba maniquís, estampillas, monóculos e ídolos africanos no tendría reparos en llenar cajas con celulares o aparatos destartalados, pero sobre todo se dedicaría a promover a esos autores anónimos que, sin saberlo, repiten las fórmulas de sus greguerías en ciento cuarenta caracteres (o, ahora, en doscientos ochenta).

En estos tiempos hay prisa y pese a que aún la gente se atreve a leer novelas, la mayoría de jóvenes están sometidos a bombardeos incesantes de información, de modo que redes como Twitter son oasis de brevedad.

Cansados de desfiles inacabables de letras, se sientan frente a la pantalla y abren la camisa para morir acribillados con frases cortísimas.

La historia de la literatura es la historia de la repetición: todo lo que se considera novedoso, alguien ya lo hizo. De la misma manera que Gómez de la Serna se inspiró en los haikus y, acaso, los microcuentos de Monterroso en las greguerías, los tuits, por un misterioso arquetipo, repiten patrones presentes en ambos.

Pocos jóvenes leen a Matsuo Basho, Monterroso o Gómez de la Serna, pero a través de sus abuelos, padres, tíos… esos escritores se han instalado en su inconsciente.

Las creaciones contemporáneas no son más que repeticiones con chips de algo que ya quedó escrito en eso que el crítico estadounidense Harold Bloom habría llamado el canon de la literatura mundial.

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