Calle Larga

Calle larga
Crónica publicado en REVISTA MUNDO DINERS, edición de noviembre 2017.

UNO

Gregor es un belga que vino a Ecuador para buscar lo que no se le perdió.

Lo conocimos una noche dentro de cierto restaurante del centro de Cuenca. Mis amigos le habían invitado a sentarse a nuestra mesa después de verlo naufragando solo en un mar de alcohol.

Al principio no dijo su nombre, se limitó a presumirnos doscientas once fotos de su novia cuencana que guardaba en la memoria de un iPad. Deslizando su dedo por la pantalla, se quejaba de que los padres de la chica no les permitían pasear pasadas las seis de la tarde.

Salimos del restaurante como grandes amigos, a tiempo para ver el río de vendedores de carne en palito que fluía por la Calle Larga para desembocar en la plaza de La Merced. Allí, juerguistas caníbales se reúnen para armar picnics a la sombra de la luna.

La Calle Larga es una coleccionista de siglos: los atrapa, juguetea y al final obliga a que se amalgamen. A cada trecho las piedras incas se confunden con el bahareque y los adobes. Los restaurantes de nombres mexicanos se cruzan con discotecas en las que la gente se preocupa más por el canto que por el baile. Alegres y tristes saltan de un lugar a otro gritando los goles de algún equipo de fútbol europeo que por milagro de la física terminó atrapado en el televisor gigante de una tienda cuya supervivencia depende del humo de los cigarros.

El guía de nuestra troupe era un riobambeño que, como el belga, se hizo cuencano por amor. Nos llevó de karaokes a cervecerías y discotecas sin que alguno fuese capaz de encontrar su lugar en el espacio.

El guía decidió, entonces, que el único destino posible era una discoteca underground.

Nosotros, criaturas antediluvianas salidas del supuesto centro del planeta, seguro nos encontraríamos a gusto allí. Gregor – quien al fin mencionó su nombre – se dejó llevar sin discusión, preocupado por domar sus erres guturales y no por lo que podría depararle el destino.

Por el camino veíamos a oficinistas de treinta y tantos retozando con universitarios de veinte o a extranjeros la caza de nacionales.

Seguimos por la Calle Larga hasta alcanzar la Benigno Malo y luego la avenida 12 de Abril. Allí, a orillas del río Tomebamba, están instalados cuatro bares, tres visibles y uno invisible.

A nosotros nos interesaba el invisible.

El viento helado de la rivera nos azotó cuando saltamos la baranda del puente que separa la calle de la ribera donde está instalado el bar. Atravesamos un caminito de tierra resbalosa hasta encontrar la entrada, en la que dos hombres delgados pero con expresión amenazante hacían el cacheo de rutina.

Alguien preguntó cuánto costaba ingresar. “Nada – le dijeron –, el problema no es la entrada, sino la salida.”

Gregor no había parado de hablar en español desfigurado y, en ese momento, contaba que hasta un par de meses atrás, había sido un exitoso guía de turistas europeos que visitaban India, Nepal y Tíbet en busca de la nieve perpetua del Himalaya. La mayoría de sus clientes eran suizos y alemanes, pero no escaladores profesionales – “esos nunca buscan guías” –. Se trataba más bien de gente cansada de la rutina y desesperada por protagonizar su propia película de aventuras.

“Pero todo aburre, hasta lo bueno”, me dijo mientras los guardias terminaban su inspección.

Un año antes, su hermano, sin explicaciones de por medio, había dejado su trabajo en Bélgica para marcharse a Sudamérica. La familia no tuvo noticias de él por un tiempo hasta que, cierto día, envió un correo electrónico para decirles que vivía en Cuenca, Ecuador, aunque sin mencionar el porqué o con quién.

Gregor decidió entonces rechazar la propuesta de un grupo de europeos interesados en visitar Nepal para seguir los pasos de su hermano. No tenía una dirección exacta, solo números de teléfono.

Abriéndonos paso entre una multitud de bailarines con olor a humo de tabaco, penetramos en el corazón de la discoteca invisible.

James Brown gritó “¡sex machine!” y el belga se quedó con el resto de la historia atrancada en la garganta.

Una mesa al costado de la pista de baile estaba vacía. Era, en realidad, un búnker excavado en la pared, dentro del que no se podía ver a nadie ni nadie podía verlo a uno. Optamos por quedarnos de pie.

El riobambeño – cuencano me hizo un gesto para que comprara cerveza.

Fui a la caja y mientras esperaba las bebidas, vi un cartel pegado junto a la máquina registradora: “LAS MUJERES PERDIDAS SON… LAS MÁS BUSCADAS”.

Ilustración
Ilustración de Revista Mundo Diners. Por: Tito Martínez.

DOS

Las cervezas salieron heladas del refrigerador y llegaron calientes a la mesa, en la discoteca imperaba un clima tropical, acaso por los cuerpos hacinados y las pasiones contenidas.

Gregor saludaba a diestra con una chica de porcelana y a siniestra con un bailarín de hip hop. A cada parpadeo seguía una inclinación de cabeza o un choque de manos. Todos lo conocían.

Como buen anfitrión, nos repartió vasos de cerveza caliente mientras hablaba de su hermano.

“Cali Pachanguero” no quiso que nos enteráramos cómo lo halló o en qué estado, pero sí de que durante sus correrías por el centro de la ciudad conoció en un café bohemio a la mujer que, según él, sería la última.

Una muchacha diminuta lo interrumpió estampándole un beso en la mejilla. Luego lo arrastró a la pista de baile.

Solo después de que sonaran “Blurred Lines”, “La colegiala”, “Boogie Down” y “En los años 1600”, reapareció, sin embargo, sirviendo dos vasos de cerveza y sin prestarnos la menor atención, volvió a meterse entre la marea de gente.

Alcanzamos a ver que se los entregaba a la chica diminuta y a su pareja, quienes, luego de beber, se esfumaron.

Gregor regresó sonriente.

Se puso a sacar fotos de la multitud como si quisiera vengarse capturándola dentro del iPad.

“Al viajar solo se conoce a mucha gente, pero eso no significa que se deja de estar solo”.

El riobambeño – cuencano no estaba dispuesto a cederle terreno a la melancolía, así que le embutió al belga tres vasos de cerveza para que hablara del Himalaya.

Los ojos de Gregor volvieron a brillar y el ambiente pareció contagiarse de su entusiasmo renovado.

La voz de Rubén Blades hizo que varios salseros saltaran a la pista con “gringas” (europeas, japonesas, estadounidenses, pero con la particularidad de no hablar español) que hacían lo posible por seguir el ritmo. Luego sonaron mambo, cumbia argentina y hip hop.

Nadie se preocupaba por mantener el compás en ese instante, solo importaba moverse, olvidar todo y entregarse al frenesí de la noche.

Gregor dijo algunas frases más sobre su cuencana y sobre las montañas heladas del Asia pero, poco a poco, fue hundiéndose en la felicidad amnésica de los bailarines.

Dejó de pronunciar palabras y sus ojos se quedaron clavados sobre la multitud. El iPad volvió a su estuche.

Le hice un chiste que no entendió o no quiso entender. Su única respuesta fue irse a bailar.

Mis amigos lo siguieron y yo quedé arrimado a la pared del búnker.

La música sonaba cada vez más alto. Los oídos titilaban. Las manos hurgaban cuerpos ajenos. Las bocas chupaban cigarrillos, picos de botellas u otras bocas.

Y fue en medio de ese remolino que Stevie Wonder empezó a cantar “Part-Time Lover”.

Y fue en medio de ese remolino que vi por última vez a Gregor.

Creo que sonreía.

O quizá lloraba.

Zoociedad_caja

TRES

A las tres de la mañana, los trapeadores nos sacaron a patadas.

Salimos poco después de la manada de bailarines que, con el cese de la música, se habían transformado en maniquís. Entre ellos caminaba la menuda amiga de Gregor tomada de la mano de un muchacho.

Al principio no nos vieron, pero al llegar a la Calle Larga, pasamos a su lado y ella disparó a quemarropa: “¿dónde dejaron a Sara?”

“¿Cuál Sara?”, dijo el riobambeño – cuencano, “¿y tú, dónde dejaste a Gregor?”

“¿Gregor, cuál Gregor?”, respondió ella, caminando hacia los puestos de carne en palito de la Plaza de la Merced.

Anuncios