¡Elemental, mi querido lector!

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Dick Tracy

Cuando usted se acerca a un estante de una librería o una biblioteca donde han colocado novelas de detectives, usualmente se enfrenta a un caldero de brujas donde el encargado, a manera de un Merlín empobrecido, ha metido una mezcla incomprensible de libros de gamas tan amplias como el thriller de suspenso, las novelas negras y, en efecto, también la novelas policiales.

Desde luego, no es culpa del librero o del bibliotecario. Lo que sucede en realidad es que hay diferencias que acaso solo un aficionado al género o un académico podrá comprender. En cualquier caso, vale la pena conocerlas para que, al momento de escoger un texto, sepamos en qué nos estamos metiendo y si es eso lo que queremos leer de verdad.

¿Qué es entonces la novela policial o de detectives? En palabras sencillas: una historia en la que un héroe, que puede ser un gendarme, un investigador privado o un aficionado a la investigación, se dedica a resolver un crimen usando herramientas como su inteligencia, su capacidad de observación y la recolección de pequeñas pistas que el criminal deja abandonadas en el lugar del crimen.

Para Jorge Luis Borges, el escritor que inauguró este género fue Edgar Allan Poe, quien en sus cuentos Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Roget y La carta robada nos presentó a Charles Auguste Dupin, un tipo tan brillante que no necesitaba ensuciarse el traje, saliendo de su casa para resolver un delito. Su única herramienta era la inteligencia, es decir, su inigualable capacidad deductiva.

En una conferencia sobre el cuento policial, pronunciada en 1978, Borges dijo:

“Aquí tenemos otra tradición del cuento policial: el hecho de un misterio descubierto por obra de la inteligencia, por una operación intelectual. Este hecho está ejecutado por un hombre muy inteligente que se llama Dupin, que se llamará después Sherlock Holmes, que se llamará más tarde Padre Brown, que tendrá otros nombres, otros nombres famosos sin duda. El primero de todos ellos, el modelo, el arquetipo podemos decir, es el caballero Charles Auguste Dupin.”

Sherlock Holmes fue el “hijo” de Arthur Conan Doyle y el Padre Brown, el de Chesterton, pero ellos y el Poirot de Agatha Christie, así como todos los detectives posteriores no son más que máscaras usadas por una suerte inteligencia colectiva diseñada para atrapar a los criminales (que no siempre son del todo malos) con el súper poder de su “materia gris”.

Por otro lado, la novela negra se caracteriza por ser una historia mucho más oscura que no necesariamente implica a un investigador resolviendo problemas. Más bien se enfoca en la corrupción del sistema, en la perversión de los humanos, en la crueldad.

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El Sherlock Holmes contemporáneo también es un vengador y tiene superpoderes…

En esta clase de historias es frecuente que ni los malos sean completamente malos, ni los buenos completamente buenos. Me explico: más que héroes existen antihéroes, personajes conflictivos, con un pasado más o menos oscuro que sí, enfrentan al crimen, mas, las líneas divisorias entre ellos y sus enemigos son borrosas.

Estos textos no se enfocan en la resolución del enigma, sino en la forma de abordarlo, en el mundo que rodea al “héroe” y a los “criminales”. Son quizá mucho más violentas y transcurren en ambientes marginales.

El personaje principal casi siempre se enreda con las personas equivocadas (que por lo general son mujeres peligrosas), tienen problemas con alcohol o drogas y sufren crisis morales porque en un pasado lejano, o no tanto, cometieron alguna acción similar o idéntica a la que ahora combaten.

En ese sentido, no es atrevido afirmar que la novela de detectives es un juego de inteligencia, mientras que la novela negra es una radiografía social que usa al crimen y al investigador como pretextos o, más bien, detonantes de la historia.

¿Y el thriller de suspenso dónde queda? Esta es una categoría todavía mucho más amplia que las anteriores, pues se trata de una serie de relatos en los que hay acción y en la que sí, en efecto, pueden estar implicados detectives, antihéroes, pero también espías, arqueólogos, terroristas, agentes de la policía metropolitana de Quito, el presidente de la República de los Cocos y hasta el cadáver de Jesucristo.

La narración se mueve a mil quilómetros por segundo, el lector siente que tiene el corazón en la mano y que en cualquier momento algo terrible sucederá. Hay viajes, aventuras, crímenes, un malo todopoderoso y un héroe (o antihéroe) que trata de derrotarlo.

A veces hay enigmas, pero el autor no recurre a profundos análisis deductivos, pues lo importante no es la solución del acertijo, sino el viaje que este implica.

Son relatos centrados en la acción y el suspenso. Buscan conmover, emocionar (de hecho, eso significa a palabra thrill de la que deriva thriller).

Sin embargo, ahora igual que antes y seguramente en el futuro, las líneas divisorias entre uno y otro género son tan borrosas como la del héroe y del antihéroe en la novela negra, de modo que es muy frecuente encontrar thrillers detectivescos, novelas negras thriller y cuentos policiales negros, amarillos, rojos, y azules.

Por lo que le recomiendo que no se estrese, las clasificaciones solo sirven para una cosa: para nada.

Vaya al sofá más confortable que tenga en casa, siéntese y lea, disfrute, aprenda lo que haya aprender o desaprenda lo que haya que desaprender, al final, la literatura, más allá de los géneros y las clasificaciones, no tiene otro objetivo que el de sacar al lector de su indiferencia.

Eso es elemental, ¿no, mi querido Watson?

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