El sueño del dragón

Desperté alarmado. Al mirar a mi alrededor, descubrí que la bestia, de cuyas fauces salía un humo gris, estaba frente a mí, dispuesta a devorarme.

Quedamente, llamé a Carlos.

— El dragón… – balbuceó.

Comprendí que tanto él como yo éramos víctimas de un complejo sentimiento, amalgama de miedo y de satisfacción por haber hallado, finalmente, a la bestia.

De repente, ésta saltó, abalanzándose sobre mi amigo y engulléndolo sin piedad. Luego, me miró y, con una velocidad sorprendente, se puso sobre mí, que no tuve el arresto necesario para huir.

Sentía su fétido aliento sobre mi cuerpo, mientras enormes gotas de sudor se escurrían por mi rostro. Estaba perdido.

Sin embargo, cerrando los ojos, levanté con torpeza mi mano derecha y golpeé al dragón; se escuchó un grito desgarrador, parecido a un maullido. Abrí los ojos y me percaté que estaba acostado sobre mi cama y que el gran monstruo no era otro que mi pobre gato que había intentado lamerme la cara antes de que le asestara un feroz puñetazo.

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